5 errores habituales al migrar a la nube y cómo evitarlos

Especialista informático operando servidores en un data center para ilustrar la gestión de infraestructuras en entornos de nube privada e híbrida.
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Migrar a la nube suele aparecer en los planes estratégicos de las empresas asociado a conceptos como escalabilidad, flexibilidad o eficiencia operativa. Sin embargo, cuando el proyecto se aborda únicamente como un traslado de cargas de trabajo desde una infraestructura a otra, los resultados rara vez cumplen las expectativas iniciales.

La experiencia demuestra que muchos de los problemas atribuidos al cloud no tienen su origen en la tecnología, sino en las decisiones que se toman antes, durante y después de la migración. Sobrecostes inesperados, falta de visibilidad, complejidad operativa o riesgos de seguridad suelen estar relacionados con errores de planificación y diseño más que con limitaciones de la propia nube.

La cuestión de fondo es sencilla, migrar no consiste en mover servidores. Consiste en rediseñar una infraestructura para que responda mejor a las necesidades del negocio, sea más resiliente y pueda evolucionar con menos fricción. En ese proceso existen errores recurrentes que conviene identificar antes de que condicionen la operación durante años.

 

1. Pensar la estrategia después de la migración

Uno de los problemas más frecuentes aparece incluso antes de que se migre la primera carga de trabajo. Muchas empresas deciden dar el salto a la nube impulsadas por la necesidad de modernizar su infraestructura, reducir la dependencia de sistemas heredados o responder a nuevas exigencias operativas. No obstante, el proyecto suele arrancar sin una estrategia cloud claramente definida.

En estos escenarios, la migración se convierte en una tarea puramente técnica. Se planifica el movimiento de aplicaciones, bases de datos o servicios, pero no se responde a preguntas esenciales sobre el destino final de la infraestructura:

¿Qué cargas son realmente críticas?

¿Qué requisitos de disponibilidad existen?

¿Qué necesidades de crecimiento habrá dentro de tres años?

¿Qué exigencias regulatorias o de seguridad deben cumplirse?

Cuando estas cuestiones se dejan para fases posteriores, la empresa termina tomando decisiones tácticas que generan complejidad a largo plazo. Aplicaciones que deberían permanecer en entornos específicos se trasladan sin una evaluación adecuada. Sistemas con requisitos diferentes reciben el mismo tratamiento. La nube pasa a ser un destino genérico en lugar de una herramienta alineada con objetivos concretos.

Las migraciones más exitosas suelen apoyarse en una hoja de ruta estructurada. Antes de mover recursos se analizan dependencias, criticidad, requisitos de rendimiento, escenarios de crecimiento y necesidades operativas. A partir de ahí se construye un plan que contempla evaluación, diseño, migración, validación y optimización continua.

La diferencia entre ambos enfoques suele hacerse visible meses después. Mientras unas empresas ganan capacidad de evolución, otras descubren que simplemente han trasladado sus problemas a otro entorno.

 

2. Pensar que todas las nubes sirven para lo mismo

Existe una tendencia bastante extendida a considerar que la nube pública, la nube privada, los entornos híbridos o las arquitecturas multicloud son variantes de una misma solución. En realidad, cada modelo responde a necesidades distintas y plantea ventajas, limitaciones y desafíos operativos específicos.

Nube pública: elasticidad y despliegue

La nube pública de los grandes proveedores ofrece elasticidad, rapidez de despliegue y una enorme capacidad de crecimiento bajo demanda. Para determinados servicios y cargas variables puede resultar una opción excelente. Aun así, no siempre es la respuesta adecuada para aplicaciones críticas, requisitos estrictos de cumplimiento o escenarios donde el control sobre la infraestructura resulta prioritario.

Sin embargo, el modelo de Aire tiene las ventajas de la nube pública (flexibilidad, elasticidad y capacidad de crecimiento), junto con los beneficios de nube privada, gobernanza del dato, cercanía y rendimiento.

Nube privada: personalización

Como hemos comentado, en este modelo hay posibilidad de un mayor nivel de personalización, previsibilidad y gobernanza sobre los recursos. En determinados sectores, además, facilita el cumplimiento de requisitos relacionados con soberanía del dato o control de la información.

Modelos híbridos

Entre ambos extremos aparecen modelos híbridos que combinan diferentes entornos y estrategias multicloud que distribuyen cargas entre varios proveedores. Estas aproximaciones ofrecen ventajas importantes, aunque también exigen mayores capacidades de gestión y visibilidad.

El error surge cuando la elección se realiza por tendencia de mercado, por afinidad con un proveedor concreto o por criterios exclusivamente económicos. Lo que funciona para una aplicación orientada al cliente puede no ser adecuado para un sistema financiero interno. Lo que aporta flexibilidad a un área puede introducir riesgos innecesarios en otra.

La decisión debería apoyarse siempre en variables como criticidad, latencia, seguridad, cumplimiento normativo, dependencia tecnológica y necesidades operativas. Elegir mal el modelo cloud no suele provocar problemas inmediatos. Lo habitual es que las consecuencias aparezcan progresivamente, condicionando el rendimiento, la gobernanza y la capacidad de crecimiento futuro.

 

3. Contratar recursos «por si acaso» y generar costes invisibles

Durante años, muchas infraestructuras tradicionales se diseñaron bajo una lógica preventiva. Se adquirían más recursos de los necesarios para garantizar capacidad de crecimiento y evitar problemas de rendimiento futuros. Ese hábito continúa apareciendo en numerosos proyectos cloud.

El resultado es un fenómeno tan habitual como costoso: el sobredimensionamiento.

Cuando una empresa desconoce con precisión el comportamiento real de sus cargas de trabajo, suele optar por escenarios conservadores. Se contrata más capacidad de procesamiento, más almacenamiento o más red de la necesaria porque parece una decisión prudente. El problema es que en entornos cloud ese exceso tiene un impacto directo y recurrente sobre el gasto.

La necesidad de monitorizar

La situación se agrava cuando no existen mecanismos de monitorización adecuados. Recursos infrautilizados permanecen activos durante meses sin que nadie cuestione su necesidad. Entornos de pruebas olvidados siguen consumiendo capacidad. Aplicaciones que ya no requieren determinadas prestaciones continúan operando con configuraciones sobredimensionadas.

El cloud ofrece una enorme flexibilidad, pero también exige disciplina operativa. La eficiencia no depende únicamente del proveedor o de la tecnología empleada. Depende de la capacidad para observar, analizar y ajustar continuamente el consumo real.

Por este motivo, cada vez más empresas incorporan prácticas FinOps a sus operaciones cloud. No se trata simplemente de reducir costes. El objetivo es alinear inversión, rendimiento y necesidad de negocio mediante una gestión basada en datos y visibilidad continua.

La pregunta relevante no es cuánto cuesta la nube. La pregunta correcta es si los recursos contratados responden realmente a las necesidades de la empresa.

 

4. Incorporar la seguridad como una capa posterior

Cuando una migración se encuentra bajo presión de plazos o prioridades de negocio, la seguridad suele quedar relegada a fases posteriores. Se asume que una vez completado el traslado habrá tiempo para revisar accesos, políticas, segmentación o mecanismos de protección.

En la práctica, este enfoque suele generar problemas difíciles de corregir.

Los entornos cloud modernos son ecosistemas complejos donde conviven usuarios, aplicaciones, redes, plataformas, conectividad y sistemas heredados. En escenarios híbridos, además, las superficies de exposición aumentan considerablemente.

Muchos incidentes no se producen por vulnerabilidades del proveedor cloud, sino por errores de configuración, falta de visibilidad o diseños arquitectónicos que dejan puntos ciegos entre distintos entornos.

La identidad digital, la gestión de accesos privilegiados, la segmentación de redes, el cifrado de datos, las políticas de respaldo o la monitorización continua no deberían abordarse como proyectos independientes. Forman parte del diseño inicial de la infraestructura.

Cuando la seguridad se integra desde el principio, las empresas construyen entornos más consistentes y fáciles de gobernar. Cuando se incorpora después, aparecen excepciones, configuraciones improvisadas y zonas grises que complican tanto la operación como el cumplimiento normativo.

En el ámbito cloud, la seguridad no depende únicamente de quién presta el servicio. Depende de cómo se diseña, opera y supervisa la arquitectura completa.

 

5. Pensar que el trabajo termina con la migración

Existe una percepción bastante extendida de que el proyecto termina cuando las aplicaciones ya están funcionando en la nube. Después de meses de planificación y ejecución, es comprensible que la empresa perciba la migración como una meta alcanzada.

Lo que pasa es que, desde el punto de vista operativo, ese momento marca en realidad el inicio de una nueva etapa.

A partir de entonces aparecen desafíos relacionados con monitorización, escalabilidad, disponibilidad, rendimiento, automatización y gobierno de la infraestructura. Sin una estrategia clara para gestionar estos aspectos, la complejidad puede crecer rápidamente.

Las empresas que no planifican la operación posterior suelen encontrarse con entornos difíciles de supervisar, procesos manuales repetitivos y una capacidad limitada para responder a incidencias o necesidades de crecimiento.

La nube introduce nuevas posibilidades, pero también nuevas responsabilidades. La infraestructura debe mantenerse alineada con las necesidades del negocio, adaptarse a cambios de demanda y evolucionar sin comprometer estabilidad o seguridad.

Por este motivo, conceptos como orquestación, aprovisionamiento automatizado o gestión centralizada han ganado relevancia en los últimos años. Más que herramientas concretas, representan una forma de operar infraestructuras complejas con mayor coherencia y menor fricción.

Una buena migración no solo debe resolver las necesidades actuales. Debe dejar preparada la infraestructura para los cambios que inevitablemente llegarán después.

 

Los mejores resultados se obtienen cuando se diseña antes de migrar

Las empresas que obtienen mejores resultados de sus proyectos cloud suelen compartir una característica común. Estas empresas entienden que la migración es una consecuencia del diseño, no el punto de partida.

La nube puede aportar escalabilidad, eficiencia, resiliencia y capacidad de evolución. Pero esos beneficios no aparecen automáticamente cuando las cargas cambian de ubicación. Son el resultado de decisiones tomadas con criterio sobre estrategia, arquitectura, seguridad, costes y operación.

Cada uno de los errores analizados tiene algo en común. No están relacionados con limitaciones tecnológicas, sino con la ausencia de planificación o de gobierno sobre la infraestructura.

Antes de migrar conviene analizar qué cargas deben moverse, bajo qué modelo cloud, con qué requisitos de seguridad y cómo se gestionará el entorno una vez completado el proyecto. Solo así la nube deja de ser un destino y se convierte en una plataforma preparada para sostener el crecimiento del negocio con control, visibilidad y capacidad de adaptación.

Antes de iniciar una migración cloud, merece la pena evaluar no solo dónde ir, sino cómo se va a operar, proteger y optimizar la infraestructura durante los próximos años. Ahí es donde suelen marcarse las diferencias entre una migración correcta y una infraestructura realmente preparada para evolucionar.

 

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Ibon Otero

Director de Estrategia y BI

A Ibon ya desde que era niño le gustaba entender como funcionaban las cosas. Su pasión por la tecnología fue creciendo a medida que pasaban los años y fue lo que le decantó a estudiar Ingeniería de Telecomunicaciones. Entró en Grupo Aire en el departamento de Inteligencia de Negocio con el reto de sacar adelante proyectos en curso e iniciar la creación de nuevas soluciones y productos. Ese es uno de los valores que aporta a la compañía: el conocimiento, las ganas y el impulso para hacer realidad lo que se plantea. Del Grupo destaca el equipo técnico y humano, que tilda de increíble y que respira el mantra “hacemos cosas que no hacen los demás”.

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Para Manuel Rivera la tecnología y las personas se relacionan íntimamente y las ve como motor de cambio. Su pasión por las telecomunicaciones le llevó a estudiar Ingeniería en esta área. Su carrera profesional se ha desarrollado tanto en posiciones de ingeniería, operaciones comerciales así como en Recursos Humanos, donde ha estado focalizado en la transformación de estructuras organizativas tecnológicas tanto en el mercado local como a nivel europeo. Aterriza en Aire como Director de Recursos Humanos y Transformación, para aportar su visión y experiencia a la hora de enfrentar los numerosos retos que tienen las organizaciones en un momento como el actual.

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A pesar de criarse en un pequeño pueblo con menor facilidades de acceso a la tecnología, para Zigor no fue una barrera el sumergirse en el sector tecnológico desde muy joven, comenzando después la carrera de Ingeniería Informática con la intención de seguir profundizando sobre todo lo que había ido aprendiendo de forma autodidacta a lo largo de los años.

Su sueño de dedicarse al mundo de la conectividad se hizo realidad al llegar a la compañía, donde sintió el proyecto como suyo desde el primer momento, compartiendo triunfos y aprendiendo de los fracasos.

Con un gran sentido de equipo, Zigor trabaja diariamente para ayudar en la toma de decisiones aportando su visión y experiencia, asumiendo todos los retos que pueda encontrar en el camino y manteniendo ese ADN de la compañía en el que la tecnología, el trabajo en equipo y la innovación son esenciales.

Santi Magazù

Director General

Santi Magazù tiene más de 20 años de experiencia en el sector de telecomunicaciones y de servicios TI, habiendo ocupado puestos directivos en multinacionales como Telefónica, donde desempeñó varios cargos, como director de ingeniería de servicios TI para España y director comercial de Cloud Computing para todo el Grupo. También ha trabajado como director de Marketing en el operador regional Grapes, y como CEO y COO en startups de tecnología, entre ellas en PlayGiga, la primera compañía adquirida por Facebook en España. Inició su carrera como consultor de estrategia en Monitor Co., actualmente parte de Deloitte.

En cuanto a su formación, es ingeniero industrial por el Politécnico de Milán y MBA por INSEAD (Francia).

En Aire es Director General.

Miguel Tecles

Consejero

Curiosidad y pasión por la tecnología son el motor imparable de una carrera profesional que empezó, nada menos que a los 4 años, arreglando el cable roto de una plancha que había dejado de funcionar. Desde ese precoz impulso, la biografía de Miguel Tecles está escrita con cables de colores, líneas de programación, ondas de radio, señales de internet cuando casi no existía, muchos voltios y algún calambre inesperado.

Hoy, con el cargo de consejero en Aire, Miguel Tecles es uno de sus principales pilares.

Nadie mejor que él personifica el compromiso de la compañía con sus clientes: llevar la tecnología siempre al siguiente nivel, haciendo lo que nadie hace, como nadie lo hace y llegando hasta donde nadie llega, para ofrecer servicios que generen valor para todos.

Raúl Aledo

Consejero

Apasionado de la tecnología y el funcionamiento interno de todo lo que le rodeaba desde muy temprana edad, Raúl empezó sus primeros pinitos en el mundo de la electrónica y la programación a los 14 años, cuando hizo su primer programa de facturación, contabilidad y gestión de almacén para la empresa familiar.

Con ello y la llegada de internet, comenzó su dedicación al mundo de las telecomunicaciones, estudiando Ingeniería Informática, donde conoció a su primer socio, Miguel Tecles, a través de lo que fue una de las primeras redes sociales, IRC. Tras más de dos años trabajando juntos y mejorando su know-how, conocieron a Emilio Gras, el tercer socio de la actual compañía, comenzando juntos en 1996 su primer proyecto de ServiHosting, e iniciando un camino que los llevaría hasta donde están hoy.

Raúl es pilar fundamental en Aire, no solo a través de su experiencia, sino a través de los valores que aporta e implementa en la compañía, como la visión de futuro, aceptando retos y alcanzando metas; su compromiso con cada detalle y el sentimiento de equipo, fomentándolo día a día.

Javier Polo

CEO

Con más de 20 años de trayectoria en los sectores de las telecomunicaciones y la tecnología, Javier tiene la firme convicción de que la tecnología debe resolver problemas reales y generar ventajas competitivas con resultados tangibles para el negocio.

Ha ocupado posiciones ejecutivas relevantes en compañías como Amena y Orange, donde lideró áreas de planificación estratégica, marketing y go-to-market. Fue CEO de PlayGiga, la primera startup tecnológica española adquirida por Meta (Facebook). Antes de incorporarse como CEO de Aire, dirigió el Grupo AIA, empresa especializada en inteligencia artificial, con foco en analítica avanzada y algoritmos predictivos.

Ha sido también consejero y asesor en múltiples compañías tecnológicas respaldadas por fondos de venture capital y private equity, en sectores como cloud, ciberseguridad y blockchain.

Previamente, desarrolló su carrera en el ámbito de la consultoría estratégica como Principal en Monitor Company, donde asesoró a grandes corporaciones en procesos de crecimiento, internacionalización y eficiencia operativa.

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